Esa mañana, apareció una luz al final del túnel, que se coló en Ciudad del Cabo con intensidad. Tras un portón que durante décadas fue sinónimo de silencio, castigo y olvido, un hombre caminaba hacia la calle, con el paso lento, la espalda erguida y el rostro surcado por los años. Se llamaba Nelson Rolihlahla Mandela y, después de 27 años de cárcel, acababa de recuperar su libertad.