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Jesús no romantizó la inmadurez cuando dijo que debíamos "hacernos como niños", pero sí exaltó algo que los adultos intentamos abandonar con rapidez: la dependencia. Nos gusta la idea de ser autosuficientes - sentirnos capaces de resolvernos la vida por nosotros mismos.
Pero Cristo dijo que si no nos volvemos como niños, no entraremos en el reino de los cielos (Mateo 18:3). No está llamando a la ingenuidad necia, sino a la confianza y al afecto personal, al apego sin vergüenza, a la sencillez que no teme reconocer "no puedo", "necesito ayuda"
Un niño no presume independencia; de hecho, muchas veces la rechaza. Vive mirando hacia arriba. Su seguridad no está en su capacidad, sino en la presencia de su padre. Llora, pide, se aferra. Y precisamente por eso, descansa.
Pablo añade un matiz necesario para que nadie confunda el llamado: no seamos niños en el modo de pensar, sino en la malicia; pero maduros en el juicio (1 Corintios 14:20). Es decir, inocentes para el pecado, pero sobrios para la santidad. No infantiles en entendimiento, pero sí limpios en afectos.
Aquí aparece el choque frontal con la idea moderna de madurez. El mundo dice: madura, despréndete, deja de depender, constrúyete a ti mismo. El evangelio responde: eso no es madurez, es orfandad maquillada. La verdadera madurez cristiana no consiste en necesitar menos a Dios, sino en reconocer que lo necesitamos más profundamente cada día.
El adulto según la carne se aleja del padre para afirmarse. El hijo de Dios, en cambio, crece acercándose. Aprende a decir con más claridad y menos orgullo: "sin Él no puedo" (Juan 15:5).
Así que seamos niños, pero no tontos; dependientes, pero no perezosos; sencillos, pero no superficiales. Niños que corren al Padre, no porque ignoran el peligro, sino porque saben dónde está la vida.
By samuel hernández clementeJesús no romantizó la inmadurez cuando dijo que debíamos "hacernos como niños", pero sí exaltó algo que los adultos intentamos abandonar con rapidez: la dependencia. Nos gusta la idea de ser autosuficientes - sentirnos capaces de resolvernos la vida por nosotros mismos.
Pero Cristo dijo que si no nos volvemos como niños, no entraremos en el reino de los cielos (Mateo 18:3). No está llamando a la ingenuidad necia, sino a la confianza y al afecto personal, al apego sin vergüenza, a la sencillez que no teme reconocer "no puedo", "necesito ayuda"
Un niño no presume independencia; de hecho, muchas veces la rechaza. Vive mirando hacia arriba. Su seguridad no está en su capacidad, sino en la presencia de su padre. Llora, pide, se aferra. Y precisamente por eso, descansa.
Pablo añade un matiz necesario para que nadie confunda el llamado: no seamos niños en el modo de pensar, sino en la malicia; pero maduros en el juicio (1 Corintios 14:20). Es decir, inocentes para el pecado, pero sobrios para la santidad. No infantiles en entendimiento, pero sí limpios en afectos.
Aquí aparece el choque frontal con la idea moderna de madurez. El mundo dice: madura, despréndete, deja de depender, constrúyete a ti mismo. El evangelio responde: eso no es madurez, es orfandad maquillada. La verdadera madurez cristiana no consiste en necesitar menos a Dios, sino en reconocer que lo necesitamos más profundamente cada día.
El adulto según la carne se aleja del padre para afirmarse. El hijo de Dios, en cambio, crece acercándose. Aprende a decir con más claridad y menos orgullo: "sin Él no puedo" (Juan 15:5).
Así que seamos niños, pero no tontos; dependientes, pero no perezosos; sencillos, pero no superficiales. Niños que corren al Padre, no porque ignoran el peligro, sino porque saben dónde está la vida.