Dios ordenó a Jeremías que reuniera a los recabitas en una de las estancias del templo, que sirviera vino ante ellos y que los invitara a beber. Jeremías hizo tal como el Señor le había ordenado. “Mas ellos dijeron: No beberemos vino; porque Jonadab, hijo de Recab nuestro padre nos ordenó diciendo: No beberéis jamás vino vosotros ni vuestros hijos.”
“Y vino palabra de Jehová a Jeremías, diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Ve y di a los varones de Judá, y a los moradores de Jerusalén: ‘¿No aprenderéis a obedecer mis palabras? dice Jehová. Fue firme la palabra de Jonadab hijo de Recab, el cual mandó a sus hijos que no bebiesen vino, y no lo han bebido hasta hoy, por obedecer al mandamiento de su padre; y yo os he hablado a vosotros desde temprano y sin cesar, y no me habéis oído.” (Jeremías 35: 12-14).
Dios contrasta la obediencia de los recabitas con la desobediencia y la rebelión de su pueblo, que no quería recibir sus palabras de reprensión y advertencia. Los recabitas obedecieron el mandamiento de su padre y no quisieron ser acusados de transgredir sus deseos. Pero Israel rechazó escuchar al Señor.