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Primeros pasos (Jesús inicia su ministerio) Episodio 1.
Juan 1:19–51
En los próximos días caminaremos con Jesús a medida que su perfil público comienza a conocerse. Leamos Juan 1:19–23.
En su opinión, ¿por qué los judíos enviarían a preguntar a Juan acerca de su identidad? ¿Por qué resultaba importante para Juan tener en claro cuál era su propia identidad?
¡Cuán importante resulta para nosotros tener claridad sobre nuestra verdadera identidad! Muchos de los problemas interpersonales surgen de la confusión que arrastramos sobre este asunto. Piense, por ejemplo, en el estilo de vida que había construido el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo. Su falta de convicción de que gozaba de todos los privilegios y derechos propios de ser hijo del dueño de la hacienda lo llevaron a pasar toda una vida trabajando para algo que ya era suyo. Considere, también, al fariseo que subió al templo a orar. La falta de conciencia de pecado lo llevó a creer una fantasía acerca de su propia vida. En lugar de presentarse ante Dios con humildad y arrepentimiento, se acercó con un corazón soberbio y una oración altiva. Del mismo modo la confusión de Saúl acerca de su verdadera identidad en el Señor le llevó a creer que podía realizar las tareas reservadas solamente para Samuel.
Nuestra identidad define quiénes somos, y en la vida actuaremos según el concepto que nos hayamos formado de nosotros mismos. El que se ve como víctima vivirá reclamando de los demás mayor consideración. El que se juzga buena persona encontrará dificultades para reconocer la maldad de su corazón. El que se cree mejor que los demás experimentará complicaciones a la hora de trabajar en equipo, pues siempre considerará que nadie puede realizar las cosas tan bien como él.
Evidentemente Juan representaba para los judíos un enigma. Nadie lo conocía, pues, literalmente, venía del desierto. Su repentina aparición exigía una explicación: «¿Quién eres tú?», y su primera respuesta fue categórica: «Yo no soy el Cristo». Decir que uno no es el Cristo no es solamente una cuestión de títulos, sino también toda una declaración acerca del ministerio. Decir «no soy el Cristo» es también decir: «no busco gloria, ni pienso que soy indispensable para el ministerio, ni creo que la gente que se ha agolpado a escucharme me pertenece». Es afirmar que uno es apenas una parte del gran proyecto de Dios y sirve, junto a muchos otros, para señalar al único que merece ser señalado.
Qué saludable resultaría para muchos de los que estamos sirviendo en distintos ministerios, poder declarar, con convicción: «¡no soy el Cristo!» No anhelamos experimentar ni poseer ninguno de los privilegios que pertenecen exclusivamente al Hijo de Dios. No deseamos que otros nos adulen, nos eleven a una posición inmerecida, ni tampoco que crean que somos más especiales o importantes que el más pequeño en el reino de los cielos. Optar por esta postura implica ubicarse dentro del plano correcto en la vida, el de un siervo inútil que solamente logra bendecir a otros por la pura gracia del Señor. Tener en claro nuestra identidad es el principio de un ministerio sano.
By Eduardo DíazPrimeros pasos (Jesús inicia su ministerio) Episodio 1.
Juan 1:19–51
En los próximos días caminaremos con Jesús a medida que su perfil público comienza a conocerse. Leamos Juan 1:19–23.
En su opinión, ¿por qué los judíos enviarían a preguntar a Juan acerca de su identidad? ¿Por qué resultaba importante para Juan tener en claro cuál era su propia identidad?
¡Cuán importante resulta para nosotros tener claridad sobre nuestra verdadera identidad! Muchos de los problemas interpersonales surgen de la confusión que arrastramos sobre este asunto. Piense, por ejemplo, en el estilo de vida que había construido el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo. Su falta de convicción de que gozaba de todos los privilegios y derechos propios de ser hijo del dueño de la hacienda lo llevaron a pasar toda una vida trabajando para algo que ya era suyo. Considere, también, al fariseo que subió al templo a orar. La falta de conciencia de pecado lo llevó a creer una fantasía acerca de su propia vida. En lugar de presentarse ante Dios con humildad y arrepentimiento, se acercó con un corazón soberbio y una oración altiva. Del mismo modo la confusión de Saúl acerca de su verdadera identidad en el Señor le llevó a creer que podía realizar las tareas reservadas solamente para Samuel.
Nuestra identidad define quiénes somos, y en la vida actuaremos según el concepto que nos hayamos formado de nosotros mismos. El que se ve como víctima vivirá reclamando de los demás mayor consideración. El que se juzga buena persona encontrará dificultades para reconocer la maldad de su corazón. El que se cree mejor que los demás experimentará complicaciones a la hora de trabajar en equipo, pues siempre considerará que nadie puede realizar las cosas tan bien como él.
Evidentemente Juan representaba para los judíos un enigma. Nadie lo conocía, pues, literalmente, venía del desierto. Su repentina aparición exigía una explicación: «¿Quién eres tú?», y su primera respuesta fue categórica: «Yo no soy el Cristo». Decir que uno no es el Cristo no es solamente una cuestión de títulos, sino también toda una declaración acerca del ministerio. Decir «no soy el Cristo» es también decir: «no busco gloria, ni pienso que soy indispensable para el ministerio, ni creo que la gente que se ha agolpado a escucharme me pertenece». Es afirmar que uno es apenas una parte del gran proyecto de Dios y sirve, junto a muchos otros, para señalar al único que merece ser señalado.
Qué saludable resultaría para muchos de los que estamos sirviendo en distintos ministerios, poder declarar, con convicción: «¡no soy el Cristo!» No anhelamos experimentar ni poseer ninguno de los privilegios que pertenecen exclusivamente al Hijo de Dios. No deseamos que otros nos adulen, nos eleven a una posición inmerecida, ni tampoco que crean que somos más especiales o importantes que el más pequeño en el reino de los cielos. Optar por esta postura implica ubicarse dentro del plano correcto en la vida, el de un siervo inútil que solamente logra bendecir a otros por la pura gracia del Señor. Tener en claro nuestra identidad es el principio de un ministerio sano.