La gran noticia de esta semana es que después de 700 días de obligatoriedad, se acabaron las mascarillas.
La mascarilla ha representado y sigue representando, otro obstáculo más en la vida de mi hijo y de todos aquellos que tienen una dificultad para expresarse o para entender al otro. Una vez más, todo el mundo celebrando algo de lo que no se beneficia un colectivo vulnerable.
Además, los adultos hemos demostrado muy poca empatía y simpatía hacia las generaciones que vienen detrás nuestro. Con el tiempo, saldrán estudios que seguro nos demostrarán lo mal que lo hicimos con los niños y adolescentes durante la pandemia.
Por otro lado, he vivido una Semana Santa redonda que ha ayudado a Úbeda y a nosotros a recuperar la tradición. El paisaje ha sido tremendo. Todos se han echado a la calle.
Y entre este paisaje, mi mirada se ha detenido en aquellas personas con síndrome de Down que aparecían y brillaban discretamente en muchas de las Hermandades. Niños, jóvenes y adultos han hecho su acto de presencia participando de forma diferente.
El hecho de ver que una adolescente que tiene síndrome de Down está tocando el tambor junto a sus compañeros de hermandad y que nadie se extraña o se da codazos para señalarla, me dice que la mirada está cambiando.
Los especialistas hablan de la inclusión en sitios, digamos, comunes y generalizados: la escuela, la empresa o el deporte. Pero hay otros sitios, quizá menos comunes e incluso ajenos para parte de la sociedad, de la que las personas con síndrome de Down forman parte de manera natural.
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