En 1 Corintios 11, Pablo corrige dos asuntos que están dañando la vida congregacional: primero, desorden y tensiones alrededor de señales externas (cobertura/cabello, honra, roles), y luego algo mucho más grave: la manera en que están celebrando la Cena del Señor. En vez de unidad, hay división; en vez de compartir, hay humillación; en vez de recordar a Cristo, están reforzando diferencias. Pablo no quiere una iglesia que “haga rituales”; quiere una iglesia que discierna el cuerpo y honre el significado real de la mesa.