En un mundo donde lo urgente devora lo importante, el silencio parece un lujo o una excentricidad. Y sin embargo, es exactamente lo contrario: es una necesidad ontológica, una condición para ser plenamente humanos. Edith Stein lo explica con una claridad inquietante: la mente necesita “espacios de hondura” para poder distinguir, comprender y amar; sin ellos, la interioridad se vuelve plana, reactiva, superficial. Y cuando la interioridad se aplana, Dios queda fuera no porque se haya ido, sino porque no encuentra dónde alojarse.
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