El ser humano no solo piensa, sino que cuenta. Desde que los primeros pastores
marcaban con muescas en huesos el número de cabezas de ganado, hasta que los
satélites modernos registran la temperatura de cada metro cuadrado del planeta, la
especie ha perseguido una compulsión casi mística: la cuantificación. No se trata solo
de medir lo útil —la distancia al agua, el peso de la cosecha, la velocidad del viento—,
sino de inscribir números en todo aquello que, en principio, no los necesita.