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Orientar bien nuestros días es un acto de sabiduría espiritual y de honesta rendición delante de Dios. No vivimos al azar ni para fines pequeños; fuimos creados para la gloria de Dios y llamados a vivir con ese fin claramente delante de los ojos (1 Co 10:31). Sin embargo, con facilidad ordenamos la agenda del año y descuidamos el rumbo de la eternidad. Hacemos planes, trazamos metas y organizamos el tiempo, pero la Escritura nos confronta con una pregunta más profunda: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Sal 90:12). Contar bien los días no es llenarlos de actividad, sino orientarlos hacia su propósito eterno. Y esa orientación comienza reconociendo que dependemos cada mañana de la misericordia y la gracia de Cristo, sin las cuales todo esfuerzo se vacía. Aunque no planeamos arruinar la vida, debemos preguntarnos con sobriedad qué medidas concretas estamos tomando para no hacerlo: qué lugar ocupa la Palabra, cuán seriamente cultivamos la oración, cuán vigilantes somos con el corazón y cuán dispuestos estamos a vivir para la gloria de Dios. Ordenar bien las prioridades no es un acto ocasional, sino una disciplina diaria que nos guarda, nos forma y nos conduce, paso a paso, hacia el fin para el cual fuimos creados.
By samuel hernández clementeOrientar bien nuestros días es un acto de sabiduría espiritual y de honesta rendición delante de Dios. No vivimos al azar ni para fines pequeños; fuimos creados para la gloria de Dios y llamados a vivir con ese fin claramente delante de los ojos (1 Co 10:31). Sin embargo, con facilidad ordenamos la agenda del año y descuidamos el rumbo de la eternidad. Hacemos planes, trazamos metas y organizamos el tiempo, pero la Escritura nos confronta con una pregunta más profunda: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría” (Sal 90:12). Contar bien los días no es llenarlos de actividad, sino orientarlos hacia su propósito eterno. Y esa orientación comienza reconociendo que dependemos cada mañana de la misericordia y la gracia de Cristo, sin las cuales todo esfuerzo se vacía. Aunque no planeamos arruinar la vida, debemos preguntarnos con sobriedad qué medidas concretas estamos tomando para no hacerlo: qué lugar ocupa la Palabra, cuán seriamente cultivamos la oración, cuán vigilantes somos con el corazón y cuán dispuestos estamos a vivir para la gloria de Dios. Ordenar bien las prioridades no es un acto ocasional, sino una disciplina diaria que nos guarda, nos forma y nos conduce, paso a paso, hacia el fin para el cual fuimos creados.