El Congreso acaba de poner otro clavo en el ataúd en que la impericia gubernamental ha encerrado a los consumidores en el mercado de combustibles. Tratar de subsidiar el precio de la nafta y el gasoil equivale a intentar achicar el Titanic con un vaso en pleno hundimiento. Tal vez se lo podría intentar si se tuviera la certeza de que la crisis internacional generada por la guerra en Ucrania durara un par de meses más y que para el segundo semestre todo empezara a estabilizarse. Pero como un país no se gobierna con magia o quiromancia, lo que se impone en estos casos es la previsión y la planificación, algo harto dificil para un Gobierno habituado a improvisar.