Gracias.
Antes de empezar, gracias.
Gracias a C.T.T., por atreverse a contar su experiencia de forma anónima.
Porque no es fácil relatar algo que no encaja, algo que cuesta explicar y que, muchas veces, se queda atrapado entre la duda y el silencio.
Este espacio existe precisamente para eso: para escuchar sin juzgar.
Hoy partimos de un testimonio.
Uno más de tantos que llegan con una frase que se repite una y otra vez:
“cuando intenté grabarlo, mi móvil empezó a fallar”.
No es un caso aislado.
A lo largo de los años, en distintos lugares del mundo, otros testigos han descrito la misma sensación:
cámaras que no enfocan, móviles que se bloquean, grabaciones que se cortan justo en el momento clave.
Desde observaciones civiles hasta episodios tan conocidos como las luces de Fénix, o investigaciones prolongadas como las del valle de Hessdalen, el patrón se repite:
lo que el ojo ve, la tecnología no siempre logra captarlo.
Y aquí es donde surge la pregunta incómoda.
Vivimos en una época saturada de dispositivos, sensores y algoritmos.
Nunca hubo tantas cámaras apuntando al cielo…
y, sin embargo, el misterio sigue intacto.
¿Estamos ante simples limitaciones técnicas?
¿Errores del enfoque, del sensor, del software?
¿O estamos intentando observar algo que no responde a las reglas para las que fue diseñada nuestra tecnología?
Hoy hablaremos de testimonios,
de casos similares,
y del papel de la tecnología cuando intenta convertirse en testigo de lo inexplicable.
Porque quizá el problema no sea lo que aparece ahí arriba…
sino cómo intentamos mirarlo.