Aquel amanecer del 21 de noviembre de 1620 no tenía nada de heroico. El viento seguía soplando con ese mal humor típico del Atlántico Norte, y los pasajeros del Mayflower miraban por fin la costa que prometía algo semejante a un comienzo. Después de dos meses a la deriva entre tormentas, discusiones y comida cada vez más escasa, habían llegado a un lugar que no estaba en sus planes: no era Virginia, no era nada conocido, pero sí tierra firme. Y eso bastaba.