El peligro no es ser joven o viejo. El peligro es instalarte. Es preferir la comodidad de la orilla conocida, aunque sea estéril, antes que el riesgo de la tierra prometida.
Solo la Palabra de Dios, en nuestro corazón y en nuestra mente, puede corregirnos, limpiarnos, guardamos de pecado, y facultarnos para enfrentar los desafíos de la vida.