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La medicina no es una ciencia de datos fríos, ni una sucesión de algoritmos en pantallas de cristal, ni un
manual burocrático de tiempos de espera. La medicina, cuando es verdadera, es un pacto de compasión y
resistencia frente al dolor y el olvido.
A lo largo de mi vida como periodista, y mucho antes, como un niño frágil que tiritaba de fiebre en una
callejuela de Jerez, he visto esa verdad encarnarse en tres figuras extraordinarias. Tres médicos, tres batallas
éticas y tres épocas distintas unidas por un hilo invisible de humanismo radical: la epopeya científica y global
de Francisco Javier de Balmis (que conecta de forma providencial con la crisis moderna y mi propia llamada
al doctor Juan José Badiola); la trinchera de barrio de mi infancia con don José María Ibáñez García de
Movellán; y el sacerdocio del alivio y el suspiro final en el que convivo diariamente junto a mi esposa, la
doctora María del Carmen Francisco López.
Estas son sus historias. Tres sellos, tres miradas y una sola fe inquebrantable en la dignidad del ser humano.