El cineasta neoyorquino firma una magistral reflexión sobre la culpa y la impunidad, combinando drama existencial con su clásica sátira social.
En esta entrega del podcast Par Impar en esRadio, Juanma González y Dani Palacios analizan en profundidad una de las obras cumbre de la filmografía de Woody Allen: Delitos y faltas (1989). El debate arranca con una reflexión sobre el sentimiento de culpa y los remordimientos que asaltan al ser humano cuando traspasa las líneas de la moralidad, una cuestión que vertebra toda la cinta del cineasta neoyorquino y que plantea dilemas éticos universales.
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Algo similar ocurre en Delitos y faltas, en la que conviven dos líneas argumentales aparentemente distintas y no relacionadas, pero que avanzan en paralelo sin interferir de forma brusca en el tono: por un lado, un severo drama moral con tintes de suspense y, por otro, una comedia ligera y desencantada. Ambas historias encuentran su nexo de unión simbólico en la figura de un rabino, quien representa la mirada de la fe y la conciencia ética frente a las debilidades humanas.
La trama dramática está protagonizada por Martin Landau en el papel de Judah Rosenthal, un oftalmólogo de alta posición social cuya vida se tambalea ante las amenazas de su amante, encarnada por Anjelica Huston, dispuesta a revelar su romance y ciertos desfalcos financieros. Ante el miedo atroz a perder su estatus, Judah cruza la línea cometiendo un acto irreparable al encargar el asesinato de su amante a través de su hermano, vinculado a los bajos fondos.
Uno de los puntos clave del análisis es cómo la película aborda el concepto de la mirada de Dios y la justicia divina. El rabino, que sufre una enfermedad ocular degenerativa y se va quedando ciego paulatinamente, simboliza la aparente ausencia de un juicio superior o cósmico sobre los actos de los hombres. El filme desafía las convenciones tradicionales de la narrativa clásica al plantear que la impunidad terrenal puede imponerse sin que intervenga ningún castigo divino ni remordimiento eterno.
En este sentido, González y Palacios subrayan la demoledora tesis que Allen propone sobre el transcurso del tiempo: el paso del tiempo disuelve la culpa, permitiendo al criminal integrarse de nuevo en su apacible vida burguesa una vez asimilado el trauma inicial. Esta postura conecta con obras posteriores del director como Match Point o El sueño de Casandra, donde se vuelve a incidir en el peso del azar, la conciencia y la ausencia de moralina.
En contraposición a la tragedia de Rosenthal, se analiza la trama cómica liderada por el personaje de Cliff Stern, interpretado por el propio Allen, un documentalista frustrado y con principios inquebrantables que fracasa tanto en lo laboral como en lo sentimental. Su amor platónico por Halley, interpretada por Mia Farrow, termina en desilusión al ver cómo ella prefiere al arrogante y exitoso productor encarnado por Alan Alda, demostrando con ironía y escepticismo que la integridad moral rara vez obtiene recompensa en el mundo real.
Finalmente, los críticos alaban la brillantez formal de la puesta en escena, la sobria fotografía del maestro Sven Nykvist y la agudeza de los diálogos, que combinan la trascendencia existencial con el humor cáustico. El programa concluye con comentarios sobre el rodaje de Allen en Madrid y diversas anécdotas en torno al cine de justicieros urbanos y clásicos del celuloide, rubricando un homenaje a uno de los guiones más lúcidos y desoladores de la historia cinematográfica.