Presentando en Argentina, en el programa de radio: “Parácheq Erotismo y Folklore”, el libro “Los Rituales Fálicos” de José María Kaydeda (España) – Editorial Mundibook, 1989. Partiendo de los orígenes mitológicos, centrándose en el material histórico y ateniéndose a una profunda exposición de datos sobre la esotérica funcionalidad masculina, el destacado investigador armoniza perfectamente, dentro de un cuadro bien determinado, las singulares manifestaciones genitales. La finalidad principal del presente estudio, ajeno a las superestructuras restrictivas y a toda hipocresía, es poner de relieve la vinculación estrecha entre la iconografía rupestre, las tradiciones itifálicas y la supervivencia hasta nuestros días de los cultos iniciáticos. Creo oportuno compartir aquí un fragmento del siguiente texto erótico-folklórico que publiqué hace poco tiempo, después de estudiar durante treinta años el plurilingüismo arcaico del falo y la llama vital generadora de sus símbolos: (…) Llegaron al lugar; a través de las rejas del portón, en un extenso parque delante de la construcción, observaron dos falos de madera de un metro de altura aproximadamente, a modo de columnas, con la siguiente inscripción: Hic habitat felicitas (Aquí habita la felicidad). Se miraron sorprendidas. Tocaron el timbre. Una mujer pelirroja de gran elegancia las condujo al salón principal. En el centro del recinto, donde los perfumes exóticos embriagan, se yergue un imponente falo de madera con vestigios de millares de raspaduras y adornado con flores bellísimas. Rodeando el miembro viril, se observan varias sillas; nueve féminas y siete hombres las ocupan. La mujer pelirroja, quien recibió a las dos muchachas, las invita a sentarse con los demás y cubre las ventanas con tupidas cortinas para no revelar los secretos. Al cabo de unos minutos, hizo su entrada el Hierofante, vestido con una túnica morada y una asombrosa máscara totémica. Los creyentes fálicos, bajo el influjo de su presencia, se quitan el calzado y las ropas. Los participantes desvestidos se cubren solamente con blancas túnicas de lino, previamente preparadas, en representación metafórica de una piel nueva, indispensable para la iniciación. El responsable de los misterios sabe que los himnos eróticos provocan siempre la aparición de los antojos sexuales más incandescentes. Empieza a cantar un himno fálico ancestral en quichua con la traducción, mientras los demás escuchan anonadados: Ullu, Ullu, Qhápaq Wiraqocha, Káwsay Wiraqocha... Úlluq uman, Úlluq chullun, Rúpaq qorota, ¡Túkuy kanchaqta! Ullu, Ullu, Súmaq kaspíyay, Achka na lláwsay, Ullu, Ullu... Los candelabros colocados esotéricamente entre decenas de falos hechos de piedra, de diferentes maderas, de barro y de bronce, alumbran las escenas licenciosas… Fragmento del relato Altar Fálico de mi libro “Eróticamente explícito” (Editorial Dunken)
Gabriel Conti (Parácheq)
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