Y así como el barro en las manos del alfarero, nuestra alma está en las manos de Dios porque a Él le pertenecemos y estamos bajo su cuidado y soberanía, reconociendo que Él tiene toda autoridad para hacer de nosotros lo que quiera. Y si es necesario volvernos a hacer cuando se ha encontrado impureza, rebelión, soberbia, desobediencia o cualquier otra maldad del corazón; a semejanza de las piedras que arruinan la masa del barro, Dios lo hará, con el único propósito de salvar nuestras almas de la destrucción.