Hay un duelo que no fue y que sin embargo sigue haciendo agua en los ojos y las gargantas, sigue obligando a apretar las pestañas para no ver lo que podría haber sido. La vicepresidenta, la mujer, la líder de masas, está sonriendo, tiene un gesto de ternura hacia alguien que está enfrente suyo. En ese momento aparece el arma. Su cara podría haber sido destrozada, ese gesto que conmueve a quienes la siguen con amor popular, aniquilado. La conjugación en potencial nos salva de la locura, el mensaje, de todos modos, quedó inscripto en el cuerpo colectivo de este pueblo que somos, en ese espasmo que sigue sucediendo en cada repetición -hasta el vómito- del hecho de muerte fallida. El magnicidio que no fue. El femicidio no fue.