Pero tenía algo muy particular: no escribía recto.
Cada letra salía chueca, torcida o convertida en algo completamente distinto. Hasta que un día, una niña descubre que ese lápiz no estaba hecho para escribir palabras, sino para crear dibujos increíbles. Un cuento divertido y tierno que nos recuerda que no todos aprendemos igual, que no todos hacemos las cosas de la misma manera y que ser diferente también puede ser una gran fortaleza.