Hoy vivimos en una generación carente de una relación con Dios, una generación que vive para si misma, una generación de hombre y mujeres, niños, jóvenes y adultos cuyo único enfoque se basa en satisfacer sus propios impulsos y deseos, creyendo que de tras de esta actitud está su plenitud, libertad y felicidad, sin embargo debemos recordar que como hijos de Dios nuestra ciudadanía es celestial -estamos en esta vida de paso-, para poder tomar una decisión que nos permita participar de una eternidad con Cristo y si a Dios le place ser esa generación que habrá de ser arrebatada y que jamás habrá conocido la muerte.