La voz más alegre de México surgió de un hombre que conocía el peso del silencio y la precisión del oficio. Detrás del ídolo inmaculado, había un artesano que trabajaba con la paciencia del carpintero y la disciplina del piloto. La máscara de yeso que el país aprendió a amar fue, también, su creación más frágil y su carga más duradera.