La obsesión es una idea que se fija en la mente nacida del deseo por poseer a una persona o lo que tiene otro, en la convicción de que si no tenemos lo que entendemos que es nuestro, es porque nos lo han robado. Convertida así en un patrón patológico de conducta, la obsesión transforma la realidad temporal en un presente extendido, en el que todo vale. Desde la presunción apriorística a la crítica a posteriori, siempre inculpatoria, con tal de devaluar el crédito, la capacidad o la autoridad de quienes poseen o legítimamente ostentan y disfrutan aquello que el obsesivo desea. Perdidos en esta dinámica: mentir, infamar, retorcer la actualidad, atribuir intenciones aviesas, o vestir la mentira como si fuera verdad con falsedades y ensoñaciones apocalípticas; es la estrategia de los obsesivos, siempre difíciles de detectar, porque saben vestirse con piel de cordero; y más en momentos de crisis. Por eso, ahora más que nunca hay que estar alerta para detectarlos: y, en especial, a los viven en la obsesión ciega de que el poder es siempre suyo.