La pandemia se convirtió en una doble amenaza para quienes alquilan: por un lado, el problema sanitario y, por otro, el miedo a terminar en la calle. Al no generar ingresos, se atrasan los pagos mensuales y se arriesgan al desalojo, muchas veces violento. La mayoría de los países de la región no tomó medidas de protección a tiempo.