Esta ha sido una de las semanas más tristes en la historia de nuestro país: días grises en los que todos, de algún modo, hemos perdido a alguien—un familiar, un amigo, un vecino, un compañero, un cliente. La gente se está haciendo preguntas y en Cristo hay respuestas, aunque no lleguen tan rápido como uno quisiera.
Lo que me conmueve de nuestra fe es que no ignora el sufrimiento, no lo justifica con frialdad ni lo racionaliza; tampoco minimiza la muerte. Jesús mismo, al perder a un amigo, eligió llorar. Juan 11:35, el versículo más breve y quizá uno de los más profundos, dice simplemente: «Jesús lloró». Él, que tenía todas las respuestas, que podía haber explicado la soberanía de Dios o hecho un milagro inmediato, decidió acompañar el dolor y enseñarnos que llorar no es falta de fe, sino un acto sagrado de amor y humanidad. Con un gesto sencillo dijo mucho: nos mostró que entiende nuestro dolor, nuestra pérdida; que llorar no avergüenza ni ofende, sino que nos recuerda que somos humanos.
Las lágrimas y el luto son un reclamo de humanidad: en medio de tanta pérdida, esta tragedia ha sacado lo mejor de nosotros, la imagen de Dios presente en cada una de sus criaturas. No pasemos de largo ni apuremos el duelo: la vida humana es demasiado valiosa. No hay palabras humanas para responder a un padre que perdió todos sus hijos, a unos hijos que quedaron huérfanos, a una madre que llora a su hijo. Hoy es momento de llorar, y predico con completa empatía: no tienes que entenderlo todo ni escuchar cada palabra. Dios te entiende, y en su tiempo, tú también podrías llegar a entenderlo.