Infamar y vituperar lo propio ante un tercero porque no se consigue lo que se quiere, es lo mismo que arrojar piedras sobre tu propia cabeza, porque es tu casa la que tiras por tierra. Expandir por el mundo el humor vitriólico que te atenaza falseando y devaluando la realidad, solo refleja una rabia incontenible próxima a la esquizofrenia y muy alejada del patriotismo, porque olvida que todas las sociedades son imperfectas y ofrece una imagen pobre de aquellos con los que convives, que siempre serán los tuyos, lo que supone una gran deslealtad. Calificar de incapaz a tu oponente sitúa al que califica en el mismo nivel de incapacidad. Igual que acudir con el cuento disruptivo a un tercero resulta infantil y maniqueo, porque no hay virtud ni mérito en derrotar a quien empequeñeces y desprecias; porque la grandeza está en ensalzar las virtudes de tu oponente porque es un reflejo de ti mismo. De lo contrario te conviertes en tan insustancial y tan estulto como aquel al que acusas de serlo.