Hay que tener piel dura y resbalosa de hipopótamo, para no conmoverse con los millones de personas que viven en la pobreza sufren el hambre o mueren sin asistencia médica. Qué gen permite dormir tranquilo a quienes con una parte de su tesoro, podrían mejorar la vida de millones de personas. Caudales forjados por la obsesión acumulativa que, como el Tío Gilito, convierten en un fin en si mismo; aunque ya dispongan de bienes para vivir cien vidas a todo trapo. Riqueza atesorada, a veces con opacidad, justificada en la creencia de que es justa recompensa a la capacidad y el conocimiento; olvidando que sin la sociedad de la extraen ese petróleo: no serían ricos. Porque la legitima recompensa al esfuerzo y el saber exige una contrapartida social, cuando el capital acumulado se convierte en un oprobio inmoral para los que no tienen nada. Por eso exigir al 1% de magnates que controlan el 99% de la riqueza mundial que, con su criterio, destinen una parte de sus fortunas a reducir esa desigualdad, es un compromiso moral de toda sociedad que se respete así misma