Hoy propongo que nos acerquemos a conocer un poco mejor el Cerrato Castellano, un extensísimo territorio que localizamos en el corazón de la Meseta Central y que ocupa 32.000 km cuadrados. Para que te hagas una idea, el Cerrato Castellano, tal como era en sus orígenes medievales cuando, en el siglo XIV, conformaba una merindad menor del Reino de Castilla, se localiza en la confluencia de las provincias de Valladolid, Burgos y Palencia, con una extensión de 70 kilómetros de norte a sur y unos 63 km de este a oeste.
PISTAS es una colaboración del blog de viajes SIEMPRE DE PASO en el programa "Aquí en la Onda" de Onda Cero Castilla y León. No dejes de consultar lo que sobre esta propuesta he publicado en el blog: http://www.siempredepaso.es/el-cerrato-castellano-en-cuatro-pasos/
En el Cerrato encontramos hasta 83 localidades repartidas entre estas tres provincias. Si bien es verdad que el mayor número de poblaciones se localiza en la provincia de Palencia y que, esa es la razón de que haya mucha gente que tal vez piense que el Cerrato es únicamente una comarca palentina.
Es un espacio que muchos señalarían de inmediato como "el más puramente castellano...". De hecho, incluso podríamos decir que, a primera vista, responde a un tipo de paisaje estereotipado: es decir, básicamente cerealista, llano, con poca agua, de horizontes despejados, sin montañas que sobresalgan, con pequeños pueblos diseminados aquí o allá... Y, sin embargo, una mirada más atenta nos va a hacer ver que el Cerrato es bastante más que esto. Una de las sorpresas que nos vamos a llevar cuando lo visitemos más a fondo es que al Cerrato le surcan corrientes de agua de una entidad considerable: el Pisuerga, que le pasa por el norte y el oeste; y el Duero, por el sur, pero también el Carrión, el Arlanzón, el Canal de Castilla o el Esgueva. Y todos ellos aportan su orla de fronda ribereña, de abultadas choperas, de fresnos, de sauces y de alisos con una importante avifauna habitando en ella.
Hablando en concreto del Cerrato, hay que hacer referencia a Miguel Delibes y a una de sus obras más conocidas, "Las Ratas". Seguro que quien haya leído esta novela recuerda cómo uno de sus protagonistas, el Nini, cuando se asomaba a su cueva lo que decía que veía era un mundo de surcos terrosos atravesados por un arroyuelo que dividía el valle en dos mitades, una carretera rectilínea y un pueblo que era del mismo color que la tierra. Desde la entrada de la cueva donde vivía el Nini se veía también “una cadena de tesos mondos como calaveras”, escribe Delibes, coronados por almendros y chopos junto al arroyo, que eran "como paraguas cerrados apuntando al cielo".
Sobre las laderas, el Nini veía también el rebrillo de los yesos arrancados por el sol "como si emitieran mensajes misteriosos", decía, y, más arriba, ya en el páramo, los bosquetes de encina, refugio de verdor en el que se retaban mutuamente los animales del valle, que allí trataban de escapar del alimañero, que iba tras ellos.
Así de sencilla y magistral es la descripción que Delibes hace del Cerrato Castellano, como decía, el escenario en el que tiene lugar su novela "Las Ratas". Desde luego no tiene nada que ver con una guía de viaje pero antes de emprender nuestro viaje por el Cerrato yo recomendaría encarecidamente su lectura porque nos va a poner muy bien en situación. A través de sus personajes vamos a percibir la dureza que tenía la vida en este territorio y de una manera muy literaria el contraste entre la desnudez del fondo plano de los valles, donde se extienden los cultivos casi siempre de secano, y la feracidad de unos encinares que dominaron los páramos hasta que la mecanización del campo hizo posible su roturación.
Y vamos a descubrir también muchos rasgos de ese paisaje que luego vamos a ver cuando lo recorramos.
En muchos de los pueblos de El Cerrato vamos a encontrarnos con la sorpresa de la arquitectura rupestre. En la novela de Delibes aparecen también esas cuevas, cuevas casi siempre horadadas por la mano del hombre, l mayoría son bodegas hechas para el resguardo del vino y, en algunos, incluso han sido casas rupestres habitadas hasta hace unas décadas. Pero también nos vamos a encontrar con lo que hoy son unos misteriosos agujeros por los que prosperó en tiempos pasados la minería de unos yesos con los que, entre otras muchas cosas, se elaboraban, por ejemplos, las tizas.
Sin ninguna duda yo empezaría por una visita al Museo del Cerrato Castellano, que se ubica en la localidad palentina de Baltanás. El paseo por las salas de este museo es la mejor forma de acercarnos a este territori y la mejor forma de organizar un viaje en el que nos quepa todo.
El museo ocupa un doble espacio arquitectónico protagonizado por el antiguo palacio-hospital de Santo Tomás de Villanueva, con un bello y atípico por estas tierras patio interior barroco columnado. Entre sus salas vamos a encontrar también un pequeño museo de arte sacro y una interesante pinacoteca en la que cuelgan cuadros de pintores relacionados con el Cerrato y sus horizontes, de los siglos XIX y XX.
Hablábamos antes de las típicas bodegas subterráneas castellanas y, precisamente, Baltanás atesora una buena muestra de ellas, casi 400 en su barrio del Castillo. Desde este excelente mirador de las llanuras circundantes nos queda por acercarnos hasta la iglesia de San Millán, imponente como una catedral y bien servida de retablos barrocos, obras de arte y un soberbio órgano.
Un segundo destino podría ser Hornillos de Cerrato: un castillo, una iglesia, una ermita, bodegas y casas rupestres… es lo que se dice un típico pueblo del Cerrato Castellano que se desparrama a los pies de un páramo horadado por un conjunto de impresionantes yeseras. Y es, precisamente, para ver de cerca una de estas minas de yeso abandonadas por lo que propongo que nos acerquemos hasta Hornillos. La minería del yeso ha sido una de las señas de identidad de este territorio y estas minas abandonadas son un espectáculo en sí mismo que se distinguen perfectamente en la distancia porque semejan una hilera de bocas negras abiertas sobre las laderas blanquecinas de la montaña.
Por supuesto, hay que decir que no están acondicionadas para la visita y que no hay que tratar de ir más allá de lo que esté prohibido pero simplemente acercarse hasta las bocas y ver los gigantescos corredores por los que entraban y salían los camiones es un espectáculo increíble. Hay que decir también que en la subida a las minas vamos a pasar junto a las ruinas del castillo que perteneciera a los Almirantes de Castilla y que en esta localidad recaló durante cuatro meses, en 1507, el cortejo fúnebre que atravesó las tierras del Cerrato acompañando a Juana la Loca y el cadáver de su esposo, Felipe el Hermoso. Un viaje también muy alucinante y del que tenemos que hablar en otra ocasión.