16 Julio
Nuestra Señora del Carmen
Isaías 26, 7-9. 12. 16-19: “Despierten jubilosos, los que habitan en los
sepulcros”
Salmo 101: “El Señor tiene compasión de nosotros”
San Mateo 11, 28-30: “Soy manso y humilde de corazón”
¿Qué dejan en mi corazón estas breves palabras de Jesús? ¿Cuáles son las
cargas que me oprimen y hacen mi vida pesada? Esta imagen de Jesús que
invita a acercarse a Él a todos los que están fatigados y agobiados por la
carga, es continuación de toda una actitud vital. Siempre ha asumido una
misión que va dirigida sobre todo a los pequeños y humildes, que son en
muchos sentidos quienes llevan no sólo las propias cargas sino también las
cargas de toda la sociedad. ¡Qué contradictorios somos! Muchos pueblos miran
a los pobres, a los ancianos, a los enfermos, como una carga, por el contrario,
Jesús dirige su mensaje y su Evangelio a todos estos que se sienten
agobiados. Sería conveniente que miráramos cuáles son las cargas que
oprimen nuestra vida. Con frecuencia son fardos que nosotros mismos nos
hemos ido imponiendo y que no son importantes. El rencor y la venganza, las
envidias y rivalidades, los vicios y malas aficiones hacen pesada la vida de
cualquier persona. Habría que observar que unas cargas ya son naturales a la
vida de toda persona, pero que otras muchas las vamos cargando “de a gratis”,
y que lejos de ayudarnos hacen más difícil nuestra vida. A todos, a quienes
llevan esas dificultades propias de toda vida como la enfermedad, el dolor, la
necesidad; o a quienes se han impuesto nuevas e inútiles cargas, a todos nos
llama Jesús. Y, curioso, ¡nos invita a tomar una nueva carga! Su yugo. Sí, ese
instrumento que asociamos al más duro de los trabajos, al más callado de los
esfuerzos. Sin embargo, nos asegura que será suave y ligero, porque es un
yugo llevado con el sentido del servicio y del amor. Pone sus condiciones:
hacer el corazón igual o semejante al suyo, manso y humilde. Manso, con la
armonía y mansedumbre que da la paz interior; humilde que, reconociendo las
capacidades, y dejando a un lado las ambiciones, el orgullo y la envidia,
encuentra la felicidad en el servicio y en el reconocimiento de los demás. Hoy
nos acercamos a Jesús, contemplamos su rostro lleno de misericordia, nos
ponemos en sus manos y dejamos que tome por su cuenta todas nuestras
cargas y preocupaciones. Así encontraremos la verdadera paz que anhela
nuestro corazón.