En Lucas 8:26-39, Jesús cruza el mar de Galilea y se encuentra cara a cara con un hombre cuya vida ha sido completamente devastada por el mal. Está aislado, atormentado, viviendo entre los sepulcros, y más allá de la capacidad de cualquiera para ayudarlo. Pero no está más allá de Jesús.
Los demonios reconocen de inmediato quién es Jesús y saben que están completamente bajo Su autoridad. Con una palabra, Jesús libera al hombre y comienza a restaurar todo lo que la oscuridad le había quitado.
Esta historia nos recuerda que no hay lugar al que el pecado nos lleve donde Jesús no esté dispuesto a ir. Ninguna oscuridad lo intimida. Ninguna cadena es demasiado fuerte. Nadie está demasiado lejos. Y cuando Jesús cambia nuestra vida, nuestra tarea muchas veces es más sencilla de lo que la hacemos: cuéntales a los demás lo que Dios ha hecho por ti.