Cuatro contra cinco
Como d’Artagnan no conocía a nadie en París, acudió sin testigos a su
duelo con Athos. En realidad, quería pedirle excusas al mosquetero, aunque
sin dar señal alguna de flaqueza. Justo a las doce, llegó al pequeño descampado
situado al pie del monasterio. Athos estaba esperando desde hacía
cinco minutos, y nada más ver a d’Artagnan le dijo con aire digno:
—He mandado avisar a dos amigos para que me sirvan de padrinos.1
Supongo que no tardarán…
—Yo no tengo padrinos, señor —replicó el joven—, porque llegué ayer
mismo a París y aún no conozco a nadie, salvo al señor de Tréville.
—¡Vaya, en ese caso —dijo Athos hablando a medias consigo mismo y a
medias con d’Artagnan—, si os mato me tomarán por un comeniños!
—No del todo, señor, teniendo en cuenta que me hacéis el honor de batiros
conmigo con una herida que debe de resultaros sumamente molesta.
—Bien podéis creerlo, a fe mía, y debo decir que me habéis hecho un
daño de todos los diablos. Lucharé con la mano izquierda, pero no penséis
que eso os dará ventaja, ya que sé valerme perfectamente con ambas manos.
Al contrario: será un notable inconveniente para vos, pues un zurdo
resulta la mar de molesto para las personas que no están prevenidas.
—Si me permitierais… —respondió d’Artagnan con un deje de timidez—,
tengo un bálsamo milagroso para las heridas… Estoy seguro de que podría curaros en menos de tres días, y una vez sanado, sería para mí un
honor ponerme a vuestra disposición.
—Tan generosa propuesta, señor, da a entender que sois un gentilhombre.
Si no llegamos a matarnos el uno a otro, sin duda será para mí un placer
conversar con vos. ¡Ah, por fin, ahí llega uno de mis padrinos…!
En efecto, por el fondo de la calle asomaba la gigantesca figura de Porthos.
Al verlo, d’Artagnan exclamó:
—¡Cómo! ¿Vuestro primer testigo es el señor Porthos?
—Sí. ¿Tenéis algún inconveniente?
—No, ninguno.
—Y ahí está el segundo.
D’Artagnan se giró hacia donde señalaba Athos y
reconoció a Aramis.
—¡Qué! —exclamó el gascón, multiplicando su asombro—,
pero ¿es que vuestro segundo testigo es el señor
Aramis?
—Claro que sí. ¿Acaso ignoráis que allí donde
va uno de nosotros van los otros dos? ¡Por eso nos
llaman «los tres inseparables»!
A todo esto, Porthos se había acercado para dar la mano a Athos y, al
ver a d’Artagnan, se había quedado de piedra. Digamos, de pasada, que había
cambiado de tahalí y se había quitado la capa.
—Pero ¿qué es esto? —exclamó.
—Éste es el caballero con quien voy a batirme —explicó Athos.
—Pero es el mismo con el que voy a batirme yo —dijo Porthos.
—Eso es a la una —aclaró d’Artagnan con mucha calma.
—¡También yo debo batirme con él! —exclamó Aramis, acercándose a
los demás.
—Pero eso es a las dos —dijo d’Artagnan, que enseguida añadió—: Y
ahora que estáis juntos, señores, permitid que os presente mis más sinceras
excusas.
Al oír la palabra “excusas”, una nube pasó por la frente de Athos y una
sonrisa orgullosa se dibujó en los labios de Porthos, al tiempo que Aramis
hacía un gesto de negación.
—Veo que no me comprendéis, señores… —dijo d’Artagnan irguiendo
la cabeza, cuyos finos rasgos doraba entonces un rayo de sol—. Os pido excusas
en el caso de que no pudiera pagaros mi deuda a los tres, puesto que
el señor Athos tiene todo el derecho a matarme el primero, lo cual quita
mucho valor a vuestra deuda, señor Porthos, y deja casi en nada la vuestra,
señor Aramis. Y ahora, señores, ¡en guardia! —advirtió d’Artagnan al
tiempo que sacaba la espada con el ademán más desenvuelto que imaginarse
pueda.
—Cuando os plazca, señor —dijo Athos, poniéndose en guardia.
Pero, justo cuando los dos hombres cruzaban sus espadas, un pelotón de
guardias de Su Eminencia, capitaneado por el señor de Jussac, apareció por
una esquina del convento.
—¿De manera que los mosqueteros se están batiendo? —gritó Jussac—.
¿Acaso ignoráis que la ley prohíbe los duelos?2
—Si fuéramos nosotros quienes os viéramos batiros, os aseguro que nos
guardaríamos muy bien de impedíroslo —contestó Athos lleno de rencor,
dado que Jussac era uno de los hombres que lo habían agredido días atrás—.
Dejad, pues, que nos batamos, y pasaréis un buen rato sin hacer gasto alguno.
—Para nosotros, señor —dijo Jussac—, lo primero es el deber, así que
envainad las espadas y seguidnos.
—No podrá ser, señor —replicó Aramis parodiando a Jussac—, porque
el señor de Tréville nos tiene prohibido ir tras los guardias de Su Eminencia.
Seguid, pues, vuestro camino: es lo mejor que podéis hacer.
Aquella observación sacó a Jussac de sus casillas.
—Cargaremos contra vosotros si os negáis a obedecer —advirtió.
—Son cinco —dijo Athos a media voz—, y nosotros sólo somos tres.
Tendremos que morir aquí, porque, por lo que a mí respecta, no pienso
presentarme vencido ante nuestro capitán.
Entonces Porthos y Aramis se acercaron inmediatamente uno al otro,
mientras Jussac alineaba a sus soldados.
D’Artagnan comprendió que se encontraba en uno de esos momentos
que deciden la vida de un hombre. Tenía que optar entre el rey y el cardenal,
y, una vez hecha la elección, perseverar en ella. Batirse contra los guardias
de Su Eminencia no sólo significaba desobedecer la ley y arriesgar la
cabeza, sino convertirse al punto en enemigo de Richelieu, un ministro
más poderoso que el propio rey. Pero d’Artagnan no dudó ni un segundo.
Volviéndose hacia Athos y sus amigos, dijo:
—Señores, acabáis de decir que no sois más que tres, pero a mí me parece
que somos cuatro.
—Pero vos no sois de los nuestros… —objetó Porthos.
—No llevo el uniforme, eso es cierto —replicó d’Artagnan—, pero tengo
el corazón de un mosquetero.
—Apartaos, joven —gritó Jussac—. Podéis retiraros, os lo permitimos.
Salvad vuestra piel, deprisa.
D’Artagnan no se movió.
—Decididamente, sois un tipo valeroso —dijo Athos estrechando la
mano del joven—. ¿Cómo os llamáis?
—D’Artagnan, señor.
—Pues bien, Athos, Porthos, Aramis y d’Artagnan, ¡adelante!
Al grito de Athos, los nueve combatientes se precipitaron unos contra
otros con una furia en la que no faltaba cierta estrategia. Athos se las entendió
con un tal Cahusac, favorito del cardenal; Porthos con Biscarat;
Aramis afrontó al mismo tiempo a dos adversarios; y d’Artagnan, sin saber
muy bien cómo, se encontró frente al propio Jussac.
El corazón del joven gascón latía con tanta fuerza como si quisiera romperle
el pecho, pero no a causa del miedo, sino por el ansia de pelear como
el mejor espadachín. Se batía como un tigre furioso, girando diez veces en
torno a su rival, cambiando veinte veces de posición y de terreno. Jussac era
todo un experto en el manejo de la espada, y, aun así, se las veía y se las deseaba
para defenderse de un adversario que, ágil y saltarín, se apartaba de
las reglas comunes. Al final, Jussac perdió la paciencia. No podía entender
que un simple mocoso lo estuviera poniendo en jaque, y se sentía tan irritado
que empezó a cometer errores. Queriendo poner fin al combate, se tendió
por completo hacia delante en una terrible estocada, pero d’Artagnan evitó el golpe, y aprovechó el momento en que su rival se enderezaba para
atravesarle el cuerpo con su espada. Jussac cayó como un saco.
D’Artagnan echó entonces una mirada inquieta y rápida sobre el campo
de batalla. Aramis había matado ya a uno de sus adversarios, y se defendía
con eficacia del otro. Biscarat y Porthos se habían herido entre sí: el mosquetero
había recibido una estocada en el brazo, y el guardia una en el
muslo. Athos, herido de nuevo por Cahusac, palidecía a ojos vistas, pero no
retrocedía ni un ápice. Según las leyes del duelo de la época, d’Artagnan
podía socorrer a uno de los luchadores. Sin más, dio un salto y fue a parar
justo sobre el costado de Cahusac.
—¡A mí, señor guardia, que voy a por vos! —gritó.
Cahusac se volvió justo a tiempo. Athos, que se sostenía tan sólo gracias
a su extraordinario valor, cayó sobre una rodilla.
—¡Maldita sea! —le gritó a d’Artagnan—. ¡No lo matéis, que tengo un
viejo asunto que saldar con él cuando esté curado! ¡Limitaos a desarmarle!
De pronto, Athos vio cómo la espada de Cahusac volaba a veinte pasos
de su dueño, y entonces exclamó asombrado:
—¡Eso es! ¡Bien, muy bien!
Cahusac se precipitó hacia la espada, lo mismo que d’Artagnan, y fue
este último, más ligero, quien llegó el primero y puso el pie sobre el arma.
Cahusac saltó entonces sobre el guardia al que había matado Aramis, se
apoderó de su espada y quiso volver hacia d’Artagnan. Pero en su camino
se encontró con Athos, quien había decidido enfrentarse de nuevo con
Cahusac por miedo a que d’Artagnan le matase a su adversario. Para no
contrariarlo, d’Artagnan dejó que Athos ocupara su puesto.
A los pocos segundos, Cahusac caía con la garganta atravesada por una
estocada.
Justo en ese instante, Aramis apoyaba su espada contra el pecho de su
adversario, que había caído de espaldas, y le obligaba a suplicar piedad.
Sólo quedaban Porthos y Biscarat. Athos, Aramis y d’Artagnan acudieron
a ayudar a su compañero. Biscarat quería aguantar: era uno de esos
hombres de hierro que sólo caen una vez muertos. De hecho, se defendió
bien a pesar de hallarse a solas frente a cuatro espadachines, pero Jussac se
irguió levemente para gritarle:
—¡Rendíos, Biscarat! ¡La ronda3 puede llegar y nos detendrá a todos!
Entonces Biscarat, retrocediendo de un salto, rompió su espada sobre su
rodilla para no entregarla, arrojó los trozos por encima del muro del convento
y se cruzó de brazos silbando una tonada típica de los partidarios del
cardenal.
A la bravura siempre se la respeta, incluso en un enemigo, de modo que
los mosqueteros saludaron a Biscarat con sus espadas y las enfundaron. Lo
mismo hizo d’Artagnan, quien, acto seguido, y ayudado por Biscarat, llevó
hasta las puertas del convento a Jussac, a Cahusac y a aquel adversario de
Aramis que sólo había resultado herido: los monjes se encargarían de socorrerlos.
Luego, d’Artagnan y los mosqueteros hicieron sonar la campana y,
llevándose cuatro de las cinco espadas, se encaminaron, desbordados por la
alegría, hacia el palacio del señor de Tréville.
Caminaban cogidos del brazo, ocupando todo lo ancho de la calle. Abor -
daban a todos los mosqueteros que encontraban a su paso, con lo que, al
cabo, aquello se convirtió en una marcha triunfal. El corazón de d’Artagnan
rebosaba de entusiasmo mientras avanzaba entre Athos y Porthos, a
quienes estrechaba con ternura. Cuando entraban por la puerta del palacio
del señor de Tréville, les dijo a sus nuevos amigos:
—Si aún no soy mosquetero, al menos acabo de ganarme el grado de
aprendiz, ¿no creéis?