El (sin)sentido de la vida
En un debate televisado que versaba sobre ciencia versus religión, los tertulianos del bando pro religión pasaron a mentir como bellacos y a decir, con más cara que espalda, que la religión y la ciencia son y han sido siempre compatibles. Y los admiré por ello, porque al menos tuvieron narices para ser consecuentes con su altura intelectual.
La base del argumento era que la ciencia se encarga de los ‘por qué’ y de los ‘cómo’ pero no de los ‘para qué’.
Es decir, su idea era que la pregunta por el sentido de la vida humana estaba fuera del ámbito del pensamiento racional y que sólo podía ser respondida apelando a la religión y a los curas reprimidos de turno. Ellos, los religiosos, serían los encargados de desvelarnos el sentido de la vida, los designios del Señor, la teleología de la vida humana y todas esas cosas. Gente humilde.
Ojo, que uno era un físico bastante competente y el otro un bioquímico con galardones y reconocimientos. Es decir, son gente que ha pasado una licenciatura, un máster, un doctorado, que hacen carrera en la universidad, y que piensan que la pregunta por el sentido de las cosas es ajena a la ciencia.
Quisiera desmontar esa idea. Desmontarla y denunciar con ello la lamentable formación en pensamiento crítico que muestran los científicos actuales. La formación de un científico actual es una formación meramente técnica, generalmente. La mayoría de ellos ni siquiera comprende en profundidad su propia actividad, por qué las cosas se hacen como se hacen y no de otra manera, qué demonios es la ciencia.
Puedo entender que un científico no sepa de pensamiento crítico general, pero me parece inadmisible que no sepa comprender los fundamentos conceptuales básicos de la ciencia. Y este es un caso de esos. Y tampoco es culpa de la chavalada, que podría interesarse más pero hace lo que puede.
La culpa es de que no hay ninguna maldita asignatura en las carreras de ciencias en las que se expliquen estas cosas, cosas que marcan la diferencia entre la ciencia y la mala ciencia, o entre el científico serio y el que se sienta en la radio, ya crecido, defendiendo el pensamiento mágico y sectario con pretendida autoridad argumental sin saber lo que se le viene encima.
El sentido del sentido
En filosofía se hacen ciertas matizaciones, elucidaciones y definiciones que a mucha gente le parecen demasiado abstractas o impenetrables, pero que terminan teniendo grandes implicaciones prácticas.
Uno de esos casos es la separación entre preguntas, preguntas estúpidas y pseudopreguntas.
Una pregunta es aquella que es susceptible de ser respondida. Por ejemplo, ‘¿cuál es la media de hijos por habitante de la Unión Europea?’, ‘¿qué está pasando con la guerra de Siria?’ O ‘¿llevo encima uno o dos condones?’ Todas estas preguntas tienen respuestas más o menos complicadas y esas respuestas son útiles dado que nos ayudarán a pensar sobre el problema demográfico europeo, sobre la posibilidad de una tercera guerra mundial o a saber si vas a la guerra con una bala de plata o con la tranquilidad de quien sabe llevar una ametralladora bien cargada.
Luego están las preguntas estúpidas, como ‘¿cuál es la media de la talla de zapatos de los mexicanos cuyo pasaporte termina en 3?’. Estas preguntas tienen respuesta, es evidente que es posible calcular esa media, pero se trata de una respuesta a la que sería muy complicado encontrarle una utilidad real. Son las típicas preguntas bobas que dices cuando te pones nervioso al conocer a una chica que te gusta, o las preguntas que le haces a un ponente por obligación cuando no te interesa lo que habla, y a mí me pasa mucho todo esto.
Pero hay una clase muy especial de interrogaciones: las pseudopreguntas. Estas son preguntas sin respuesta posible. No tienen respuesta posible porque a) son metafísicas, b) son sintácticamente defectuosas o c) son semánticamente incongruentes.
Ejemplos de a) serían ‘¿cuál es el sexo de los ángeles?’ o ‘¿Dios es uno o trino?’ o ‘¿Las Ideas de Platón son esféricas?’. Se trata de preguntas cuya respuesta se sitúa más allá de toda experiencia posible, y, por ello, carecen de todo significado y sentido.
Un ejemplo de b) sería ‘¿lámparas ante correrías árbol?’, un montón de palabras mal juntadas que no expresan nada.
Y, por último, dos ejemplos de c) serían ‘¿el 8 vibra mucho?’ o ‘ya he visto la cocina, las habitaciones, los baños, el trastero y hasta el garage, pero, ¿dónde está tu casa?’. En estos dos casos los componentes semánticos de la pregunta no guardan una relación adecuada entre sí, de modo que lo que forman no tiene respuesta posible más allá de pararnos a analizarla a fin de desmontarla. Sobre el 8 diríamos que los números no vibran y sobre la segunda diríamos que mi casa es el conjunto de sus partes, que la pregunta es un error categorial y, en último término, una falacia de reificación.
Bien, dicho esto pasemos a la pregunta por el sentido. Este tipo de preguntas son las que interrogan acerca del para qué de las cosas, por ejemplo, el para qué del metro, de los canales de televisión o de los teléfonos móviles.
Por supuesto, también tiene una aplicación antediluviana que consiste en preguntarse por el sentido de la vida humana, una aspiración que casi todas las culturas han tratado de satisfacer apelando a sus propias supercherías y religiones locales. La pregunta por el sentido de las cosas no es una pregunta independiente.
Ejemplos de preguntas independientes serían ‘¿por qué las cataratas caen hacia abajo?’ O ‘¿por qué los pájaron cantan?’. Por supuesto, estas preguntas dependen de que existan pájaros y cataratas y cantos y arriba y abajo, pero basta con la existencia de sus componentes explícitos para que sean preguntas plenamente significativas.
La pregunta por el sentido, en cambio, depende de algo ajeno a su contenido semántico explícito. Por ejemplo, no basta con que exista el ser humano o los teléfonos móviles o los metros: es necesario un creador, un agente intencional. Se trata de preguntas que tienen sentido cuando sabemos que hay una intencionalidad detrás de los objetos sobre los que interroga, como es el caso de los productos tecnológicos, pero será una pseudopregunta si no hemos comprobado primero que existe el agente.
Por ejemplo, si alguien nos preguntara por el sentido de las piedras lo más normal sería que nos quedáramos pensativos un momento mirando a nuestro interlocutor sin saber muy bien por dónde afrontar la frase y después le respondiéramos con un ‘¿cómo que cuál es el sentido de las piedras? Las piedras no tienen sentido’.
Es un error pensar que la pregunta se puede aplicar a las guitarras y a las olas del mar por igual, porque ambas cosas pertenecen a clases de objetos muy diferentes. La ciencia puede hacerse cargo de la pregunta por el sentido de las cosas siempre que la pregunta esté bien formulada y sea procedente.
La ingeniería inversa, la etología, muchas ramas de la ciencia se hacen preguntas por el sentido de las acciones humanas o animales y no es ningún problema. Y no hace falta ser científico, todos respondemos a estas preguntas a diario interactuando con otros seres vivos directa o indirectamente. Se llama ‘teoría de la mente’ o ‘empatía cognitiva’. El problema viene cuando la pregunta se convierte en una pseudopregunta improcedente, algo en lo que ningún científico debería caer, y entonces es cuando vienen los mares de palabrería.
Un ejemplo dramático de este error es la pregunta por el sentido de las enfermedades, como si el cáncer tuviera un sentido, un para qué, y fuera algo que hay que ‘comprender’ de este modo para ‘reconciliarse’ con él.
Esta clase de pseudopreguntas tan absurdas y peligrosas las usan los desgraciados de la bioneuroemoción y de la nueva medicina germánica día sí y día también para engañar a la gente. También hay mucha gente que se pregunta de forma absurda por el sentido de la evolución biológica. El caso de la pregunta por el sentido de la vida humana es aún más extremo, porque se trata de una pseudopregunta tanto por a) como por c) —por ser metafísica y por ser semánticamente incongruente.
Por un lado, la pregunta está mal formulada porque pretende correr antes de poder andar. Tendrá sentido preguntarse por cuál es el sentido de la vida cuando, antes, sepamos que la vida tiene un sentido. Es decir, primero hay que saber si hay un creador para después preguntarnos por sus designios. Pero la cosa va más allá, porque el creador al que suelen apelar es un dios más allá de toda experiencia posible, con lo cual si la pregunta en sí misma ya es una taradez es que su posible respuesta lo es aún más.
El Don Juan de las preguntas
La pregunta por el sentido de la existencia humana es muy seductora, tanto que no podemos evitar resistirnos a ella. Lo es por dos motivos, los dos estrechamente vinculados a la animalidad humana.
En primer lugar, porque resulta intuitiva y los sesgos inherentes a nuestro cerebro tienden a ella. Por decirlo en términos llanos: la pregunta por el sentido es natural en nosotros y sólo la cultura y la educación puede quitarle universalidad.
Por ejemplo, volviendo al caso del genio que hacía la típica pregunta de fumado acerca de las piedras, el que le contesta apelando a su estupidez es un auténtico rarito desde un punto de vista puramente biológico. Por ejemplo, vamos por el monte y vemos piedras puntiagudas. La explicación que deberíamos aceptar los que hemos pasado por el colegio es que esto se puede deber a la erosión en un material con vetas más sólidas en el interior, o a que la piedra se ha partido recientemente, o a que algún animal bastante listo la ha utilizado como herramienta dándole forma.
Pero para un niño la explicación más lógica no sería ninguna de esas, sería que son puntiagudas para que los animales se rasquen con ellas, o para cortar cosas o defenderse. La explicación que apela a la función, al para qué, es aceptada con mucha más facilidad que la explicación que apela a la causa material de las cosas. Este es un sesgo presente en todos los niños pequeños y está bastante bien estudiado.
Este sesgo se relaciona estrechamente con el antropocentrismo, con la idea de que todas las cosas están hechas para nosotros. La idea del hombre como fin y medida de la naturaleza. Esto también está muy arraigado en nuestra naturaleza.
Por ejemplo, los niños y la gente no instruida suele pensar que llueve para que los campos no se sequen o que los animales están para comérselos o para torturarlos salvajemente en una plaza de toros —’el toro vive para eso’ dicen.
Esta forma de pensar puede parecer infantil, y lo es, pero es la forma como piensa el ser humano por defecto. Y por eso nos va como nos va. Pero hay más, porque con esos sesgos se mezclan otros que hacen que el asunto crezca en peligrosidad y complejidad.
Por ejemplo, el ser humano tiende a suponer agencia al mundo que le rodea. Es decir, el rayo no sólo es para mí, sino que tiene voluntad propia, igual que la lluvia. Por eso el fuego es malo y las vacas son buenas. Por eso las religiones animistas son una versión anterior a las religiones teístas y que tenían uno o varios dioses. Este salto se debe a otro sesgo: la antropomorfización.
Tendemos a otorgar características humanas a las entidades en las que creemos reconocer agencia. De este modo, el rayo no sólo tiene voluntad, sino que su voluntad se parece a la voluntad humana, y, por ello, resulta tan sencillo dar el salto a pensar en el ‘dios del rayo’ y de ahí a Thor o Zeus. Por supuesto, hay otros sesgos implicados, como el pensamiento mágico, que ya terminan de redondear el carácter irracional de la religión.
Todos estos sesgos han sido muy bien estudiados por los psicólogos y se miden con escalas bastante bien validadas. Hasta donde sé la de antropomorfización es bastante compleja de desarrollar, pero el resto son muy precisas. Hay una especialmente relevante que se suele denominar CORE y que mide lo que denominan ‘confusiones ontológicas’. La gente que saca una puntuación alta en esta escala tiende a confundir los estratos físicos, biológicos y psicológicos.
Por ejemplo, tienden a pensar que las entidades físicas tienen consciencia o voluntad o intencionalidad. Este tal CORE es, además, el mejor predictor que tenemos para las creencias en lo paranormal y para la religiosidad —siendo el pensamiento religioso una forma particular de pensamiento paranormal.
Y este tipo de confusiones también están en la base de la pregunta por el sentido, que, al fin y al cabo, se basa en la absurda creencia de que la naturaleza tiene una intención en relación a nosotros. Por todas estas razones la pregunta es tan potente, porque conecta directamente con la forma más primaria de pensar que tenemos, una forma de pensar que, volviendo a los interlocutores científicos del debate, manda narices que aún mantenga la gente que enseña ciencia en las facultades.
La otra razón por la cual esta pregunta es tan seductora es más sencilla de explicar: porque nos permite dominar la mente de los demás. Una vez te tragas que la vida tiene un sentido y que la respuesta a esa pregunta está en manos de los curas cristianos, musulmanes o de algún otro club de lo irracional ya estás vendido.
Te conviertes en un ser manipulable que entiende su vida como otros quieren que la entienda. Este afán de colonizar la mente de los demás es una aspiración humana muy primaria. ¿Por qué un cura decide hacerse cura? ¿Son más felices? No, la gente religiosa no es más feliz. ¿Son más morales? Tampoco lo son. ¿Son más cultos? No. ¿Temen menos a la muerte? No —saberse juzgado por un tribunal metafísico en una religión tan susceptible que comer gambas o meneársela es igual a infierno va a terminar mal sí o sí, y lo saben. ¿Ganan dinero? No.
La única razón por la que alguien puede decidir irse a un convento o hacerse seminarista es para controlar a los demás y para controlar el mundo de un modo superior al resto. La gran satisfacción de un cura es tener el poder para perdonar los pecados de los demás, la gran satisfacción del ISIS es someter a la población a sus paridas mentales siendo ellos los que pongan el pie en la cabeza del otro, la gran satisfacción de una monja es rezar y pensar que eso cambia algo o las hace mejores que el resto.
Esto, además, responde a más sesgos, en este caso al sesgo de defensa del estatus y al sesgo de control. Y no ser así no se correlaciona con la inteligencia, se correlaciona con la educación, y con una forma determinada de educación crítica. Hasta la gente más inteligente se hace beata, lo definitorio es si te han enseñado a razonar y a respetar a los demás o no.
El sentido de tu vida
Hay una pregunta sobre la vida humana que sí podemos hacernos y que, además, tiene una respuesta contundente. No cabe preguntarse por cuál es el sentido de la vida, pero sí cabe hacerlo sobre si la vida tiene o no sentido intrínseco.
Y la respuesta es NO.
La vida no tiene sentido alguno por sí misma. Somos el resultado de unos monos que hace 300 mil años evolucionaron en otros monos y nuestra mente es el cerebro y al morir nuestro cerebro se convierte en abono para los que vendrán y se termina todo.
¿Es esto una triste realidad? Yo no lo creo. Al menos soy libre. No me sentiría mejor sabiendo que me van a condenar al fuego eterno habiendo hecho lo que he hecho con mi vida, en la que no he fastidiado a nadie ni he hecho daño a los demás, porque saber que estarán en el cielo los curas pederastas, Hitler si se confesó a tiempo, los terroristas islámicos —que además tendrán su propio harén de vírgenes— y toda clase de gentuza me resultaría bastante perturbador.
La ciencia, el conocimiento fiable y riguroso que tenemos sobre todo esto que nos rodea, nos dice que no hay macho alfa celestial ni cabra roja ni tribunal ni karma ni nada.
Pero eso no quiere decir que tu vida no tenga sentido o que la mía no pueda tenerlo.
Cada cual construye el sentido de su vida y es capaz de darle el significado que desee, entregándola a la causa que quiera del modo que quiera.
Y eso es maravilloso, es la idea más maravillosa sobre la tierra, una idea mucho más hermosa que el valle de lágrimas y el lugar de las mujeres en el mundo islámico.
El existencialismo filosófico se ha encargado de desarrollar esta idea, aunque hay que diferenciar dos tipos por si alguien decide acercarse a él. Por un lado está el existencialismo cristiano, con Heidegger a la cabeza —y Kierkegaard por ahí—, que da un sentido cristiano a la vida —y un poquito bastante filonazi— y, por otro, el existencialismo ateo de Sarte, en el que el sentido de la vida depende de cada cual por completo.
En este sentido, casi todos somos existencialistas, todos buscamos un sentido y una forma de fundamentarlo, pero ese fundamento no está ni en la ciencia ni en la religión, al menos en un sentido universal, porque el sentido universal no existe. El sentido es personal, siempre personal, siempre emana de nuestra propia voluntad.
Darle un sentido a tu vida es una gran responsabilidad, la más grande de todas.
Reconocer esta maravillosa carga supone desencantarse del mundo y supone hacerse cargo de uno mismo, tener que apechugar con lo que se hace, con las consecuencias de los propios actos, con los errores, con la justicia, con la gentuza, con los caminos a ninguna parte, con todo eso y con mucho más. Y puedo reconocer que en eso lo tienen más fácil los que prefieren taparse los ojos ante la realidad y entregarse a las garras de la religión.
Ellos tendrán que afrontar otros miedos, pero no el miedo a tener que configurar sus propias vidas. Tendrán un camino marcado, uno aburrido e insoportable, pero la gente es así, cobarde. Y sin duda están en su derecho de serlo.
¿Por qué en lugar de irnos a volar por los peligrosos cielos de la absurdez con preguntas imposibles no nos quedamos en la tierra con lo poco bueno que nos queda?
Dale un sentido lógico a tu vida, dentro de los inextricables caminos y senderos azarosos por los que nos lleva el destino. Carpe Diem.