El filósofo Ernst Bloch, quien era judío y ateo, dijo “sólo un ateo puede ser un buen cristiano”. Es algo parecido lo que dijo un discípulo suyo, el teólogo cristiano Jurgen Moltmann: “sólo un cristiano puede ser un buen ateo”. Y en verdad que el ateísmo o la incredulidad son fundamentales, porque la cuestión no es creer o no creer en Dios, sino que cuando alguien dice: “yo no creo en Dios…”, ¿a qué Dios se refiere? ¿Qué imagen de Dios tiene presente?
Cuando alguien dice que “no creo en Dios sino en la ciencia” o dice “no creo en Dios sino en la justicia” o “no creo en Dios sino en las personas”. Y lo dice con justa razón, porque hay quien cree en un Dios que está en contra de la ciencia o que se quiere poner en el lugar de la ciencia; hay quien cree en un Dios que legitima las injusticias o el problema de la maldad injusta o hay quien profesa un Dios que esclaviza y legitima la opresión de la gente. Hemos de decir, “yo también soy ateo. Yo tampoco creo en ese Dios”. Es necesario abandonar a los dioses, es necesario dejar de creer en (servirles, hacerles sacrificios a) ese Dios.
Por eso el profeta Isaías habla de un Dios diferente, un Dios que no está arriba a lo lejos, que está cerca y hace un pacto. Que ofrece agua, pan y leche, sin dinero, sin esa lógica del mercado, sin la dictadura financiera que nos empobrece a todos. Es un Dios diferente, que acompaña a los pequeños, a los pobres, a los necesitados. Es un Dios diferente que no ofrece más garantías que su Palabra, su palabra que es eficaz para darnos vida.