¿Somos nosotros quienes buscamos, o en realidad, somos los encontrados?
¿Cuántas veces hemos dicho, o hemos oído a alguien a nuestro alrededor decir que está cansado de vivir? ¿Cuántas batallas libramos cada década, cada año, cada día? Buscamos metas, las alcanzamos con algo de suerte y muchísimo esfuerzo, para después volver a caer en el tedio y en la desesperanza. El desencanto producido por esta insatisfacción continuada y sostenida de alguna manera va desestabilizando poco a poco nuestro impulso vital. Merma nuestra sangre. Acalla nuestro ímpetu.
Y llega un momento en que sólo podemos ver oscuridad.
Nos sentimos débiles por un lado, puesto que ya nada puede satisfacernos, y con frecuencia caemos en el desaliento, en la tristeza e incomprensión, pero a la vez nos volvemos algo más receptivos, surge un estado de atención diferente. Y es en este desaliento, en esta receptividad, cuando podemos tomar conciencia de algo nuevo de cuya existencia no nos habíamos percatado.
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17.02.17