Los Robles de la guerra.
Es curioso que las desgracias se vuelvan oportunidades para otros. Os traigo un buen ejemplo de ello.
Siempre me ha llamado la atención la existencia de un gran robledal de ejemplares monumentales creciendo junto al casco urbano de Villasante la capital de mi municipio. Normalmente solo en las montañas encuentras bosques de ese estilo que han podido sobrevivir gracias a crecer en zonas de difícil acceso, o porque alguien directamente se olvidó de ellos.
Porque el hombre, no nos engañemos, hasta hace muy poco, destinaba esa madera para diversos usos, todo se aprovechaba. Un bosque era un supermercado de madera.
Los bosques del valle actualmente son jóvenes, masas forestales que han logrado desarrollarse gracias a la marcha del hombre a las ciudades los últimos setenta años. Todos menos este claro.
Resulta que Villasante durante la Guerra civil tuvo la mala suerte de estar emplazada precisamente en el lugar exacto a medio camino entre dos baterías de artillería que lanzaban miles de balas cada día desde los dos montes cercanos, uno a cada lado del valle.
Llovían balas sin distinguir objetivo, también sobre los árboles claro. Y ese robledal joven, plantado para obtener vigas de madera fue ametrallado día tras día desde el cielo.
Llegó la paz, y ahí estaban, con cicatrices pero en pie, sus raíces dieron la señal de crecer con fuerza y así lo hicieron.
Un buen día, ya con buen porte, los vecinos se acercaron a cortarlos como era habitual aquí. No pudieron.
No por ningún milagro, tampoco había grupos ecologistas entonces, simplemente las maquinas se rompían al tratar de atravesar su madera. Estaban llenos de plomo.
Las balas se habían incrustado en la madera de tal manera que cada tronco tenía decenas de ellas. Imposible llevarla a un aserradero, aquel metal destrozaría las sierras.
Los dejaron en paz, al fin y al cabo, ya no había mucha gente en el valle. Los ofrecieron a las madereras de la zona, pero en seguida se negaron, "demasiado costoso".
Gracias a las balas que aún contienen, esos arboles siguen creciendo, ahora es uno de los paseos más bellos del valle de Montija, y tal vez alguno de los abueletes de entonces, al pasear bajo sus enormes ramas reconozca que si, que al final no fue mala idea dejar a los árboles tranquilos. Ahora lo disfrutan sus nietos.
Llueve estos días sobre Montija, pero no balas, nunca más.