“Marchaba tranquilo por el camino cuando un escalofrío le recorrió el cuerpo. Al darse la vuelta contempló una hilera de gentes que caminando detrás de él iban riendo llevando flores en sus manos. A todos los conocía: unos vecinos… una niña amiga de su hermana… la tía Soledad… sus abuelos… Al momento lo comprendió: eran difuntos. Difuntos regresando de nuevo al mundo de los muertos. De pronto pasaron sus padres, marchaban muy tristes. Llevaban las manos vacías”.
¿Comprendes Gorrión a qué se viene a los cementerios? me preguntaba la abuela, quedándose de inmediato callada y mirándome fijamente. Yo abría mucho los ojos y agarraba muy fuerte la mano de mi madre, que asentía con la cabeza. Y no, no comprendía nada, aunque siempre decía que si y solo, solo deseaba salir. Salir corriendo del cementerio.
Ahora no es que comprenda mucho más. Pero si tengo una cosa clara: en un cementerio como éste no me importaría nada estar, incluso después, después de viva.