Debieron ser muy difíciles las últimas horas del Che aquel nueve de octubre de 1967 en Bolivia. Capturado en la Quebrada del Yuro, tras un combate desigual y luego de once meses de lucha por aquellos lares, el argentino murió; los disparos salieron del arma del entonces soldado Mario Terán y, aseguran sus tristemente célebres captores: los relojes marcaban la una con diez minutos de la tarde cuando todo pasó. Comunista confeso, fidelista sin tacha, hombre de actuar temerario y alma de Quijote: así era el Che. Intransigente con “los guatacas”, poco dado a las comodidades personales, altruista, con un humor ácido y un verbo directo, adicto al mate de su tierra y conocido por su batalla diaria contra el asma, una enfermedad cruel que nunca pudo ganarle del todo la partida.