La veo ahí, en bata de casa y con ojeras casi tan grandes como su corazón. No se queja, siempre anda apurada, pero detiene su ritmo si le pido alguna cosa, aunque se incorpore enseguida a los quehaceres. Y entonces recuerdo; nunca es demasiado tarde...
Recuerdo su "cara de boba" cuando en la escuela sacaba una nota brillante; el trajín sobresaltado al embadurnarme de alcohol porque alguna fiebre no bajaba; o cuando me tomó de la mano siendo niña y, arropada con vestido azul y zapatos blancos como los de Nemesia, me llevó a la Casa de la Cultura porque "la niña quería escribir".
Recuerdo a la abuela, con su jaba repleta de dulces y los brazos abiertos, llegar hasta nuestra casa con una sonrisa tan hermosa que ni su muerte, años después, ha podido apagar. A la tía que no durmió aquella noche de hospital, cuando llegó mi hijo mayor al mundo y esos nervios de madre primeriza no me decían claramente qué hacer...
Hubo que aprender a ser madre: dormir poco, comer a deshoras algunas veces, esquivar los sobresaltos sobre la marcha y mirar al mundo, desde entonces, con otros ojos. Hubo que buscar fuerzas donde no las hay, dibujarse serena ante las pupilas del hijo y levantarse cada mañana dispuesta a "comerse el mundo" con la fuerza de ese otro corazón.
Yo no diré que somos heroínas (aunque lo somos), ni frases tan obvias como que "quien no quiere a una madre no quiere a nadie". Pero sí que somos mágicas, indetenibles, resilientes, corajudas, infinitas e incluso, impredecibles, si el bienestar de un hijo es lo que se encuentra en juego.