En las calles me doy cuenta del estado del mundo, yo pienso partir de una vez en pos del frío y dar con el demonio que se oculta más allá de las sombras y preguntarle por qué solamente en el país del frío podía buscarse alguna cosa que sirviera tanto como la vida, aquella voz que echo de menos y que necesito escuchar antes de marcharme, si ya sé que en este mundo es lo único que se parece a su celestial acento el olor del alcohol, y con todo lo que digo y hago solamente doy tiempo al tiempo: en un rincón se esconde el alcohol glacial, alcohol del frío, y en otro rincón me escondo yo, cada cual a la espera de la salida del otro, a sabiendas de que no hay escape en esta broma pesada, tú ya lo sabes; en Navidad, en Año Nuevo, en las fiestas patrias, en los aniversarios, cada vez me libro por un pelo, luego me echo a caminar con rapidez y alegría y miro de reojo —ya lo sé, en el rincón alguien tiene más paciencia que yo, es un gigante, es un coloso y yo un pobre gusano y quizá será por eso que por lo que me quedo solo y fascinado, qué raro, y por lo mismo me pregunto qué pasa en el mundo, cuando el frío no existe y me pongo a temblar, y no escucho tu voz y el frío se está, pues esto es muy raro: la voz es la temperatura.