Mientras las mujeres exigen que no las acosen, no las violen y no las maten, gente pendeja clama y pone el grito en el cielo por los pinches monumentos, que a nadie le han importado nunca, pero aun así no pierden la oportunidad para mamar.
A esto súmale que las marcas usan el movimiento como una estrategia de marketing, y encima lo hacen mal. Y por si fuera poco, llega un travesti a la marcha por el #8M pidiendo que le chupen la cola.
Esta vez lo llevamos más allá de sus últimas consecuencias.