Dar libertad a las personas para pensar y decidir sobre su propia vida, choca contra quienes quieren imponer su creencia de que la vida pertenece a un ente divino, que juzga y define cómo debemos de ser y actuar. Tener una creencia es una libertad personal que nos asiste a todos, que no justifica que haya que oponerse por sistema a todo avance de la sociedad que progresa en la secularización de la vida social. Porque imponer una creencia, que es siempre es una cuestión de fe personal, no es un derecho; sino el empeño alejado de la razón por sujetar las mentes a unos principios que ahorman el pensamiento, para sostener un sistema injusto que privilegia a los iluminados de la moral. Por eso la educación es su principal terreno de confrontación, porque aumentar el conocimiento libera la mente de ataduras religiosas y despierta el espíritu crítico, que puede conducir a despojarse la idea abstrusa de Dios. Por eso aumentar el saber de las nuevas generaciones es el mayor anatema contra quienes quieren seguir imponiendo el adocenamiento de las mentes para controlarlas, como vienen haciendo desde tiempo inveterado.