Todos, sin importar la nacionalidad, estamos caídos y bajo pecado.
Muchas veces nos sentimos superiores, como cristianos, por formar parte del pueblo de Dios; pero, ¿somos mejores que los demás?
No podemos negar que hay grados de maldad, pero la raíz del pecado nos afecta a TODOS. Tampoco podemos atribuirnos el querer buscar a Dios, pues solo es por el Espíritu que adquirimos ese deseo de buscar (Salmos 14), y aún así esa búsqueda es en muchas ocasiones fría y descuidada.
Podemos sentirnos buenas personas al hacer buenas acciones, como si eso nos diera algún mérito; pero no hay mérito en ayudar al necesitado, pues es a lo que estamos llamados. Nuestra vida debería ser una constante "buena obra", pero esto no nace de forma innata en nosotros. Lo que sí es innato es la mentida, el orgullo, el egocentrismo y la vanidad. (Isaías 59) Ya desde tiempos antiguos es así, y no ha cambiado desde entonces.
Dios no solo nos llama a vivir en una buena acción constante, sino a "no derramar sangre inocente", y es que se puede matar de muchas maneras. Debemos combatir el mal del mundo, y quedarnos callados delante las injusticias y perversidades cuenta de igual forma como el delito.
Somos declarados justos, aunque no lo seamos, por la obra de Cristo.
No hay nada en que nosotros nos podamos jactar, todo honor es para Él, la obra es Suya, y se merece toda adoración. (Romanos 3:9-31)
En el cielo, cuando estemos en Su presencia, solo brillará una luz, y no será la nuestra: será la de nuestro Señor y Salvador.