Eran objeto de veneración y respeto, pero también se les tenía miedo. Estaban los espíritus buenos, los Lares y los Manes, que eran los espíritus de los antepasados a los que se veneraba y cuidaba. Pero también había otros espíritus que eran inquietos, turbulentos y nocivos, los que asustaban a los hombres con apariciones nocturnas, se llamaban "larvae y lémures".
Mª Pilar Fernández Uriel, profesora de Historia Antigua de la UNED