Hay años nuevos que llegan con fuegos artificiales y brindis ruidosos, y otros que se abren paso casi en silencio, como un acto de resistencia. En una Europa que comenzaba a desmoronarse bajo el peso de la guerra, el cambio de año dejó de ser una promesa festiva para convertirse en una pregunta incómoda: ¿qué sentido tiene celebrar cuando el mundo parece romperse?