Era 28 de noviembre de 1814. Londres despertaba bajo su neblina habitual, sin imaginar que en una imprenta escondida entre calles húmedas la historia afinaba sus engranajes. Detrás de una puerta ennegrecida, el taller donde nacía cada mañana The Times parecía igual que siempre, pero la tinta, el metal y los hombres que los manipulaban presentían que algo estaba por cambiar. La máquina de vapor —esa criatura brillante, temida por algunos y admirada casi como un prodigio por otros— reposaba silenciosa, como un gigante esperando su señal. Hasta ese día, imprimir un diario era trabajo de brazos fatigados y ritmos lentos, suficiente para otro tiempo, pero no para el que venía.