El rey Acaz fue uno de los peores reyes de Judá. No solo adoró imágenes de dioses falsos, sino que incluso llegó a quemar a su hijo en el valle de Hinón. Es decir, actuó igual que las naciones paganas que Dios había expulsado de la tierra prometida por causa de sus pecados. Y como consecuencia de abandonar a Dios, Dios los entregó a sus enemigos. Primero los derrotó el rey de Siria, y se llevó mucha gente cautiva a Damasco. Luego sus hermanos de Israel los vencieron, y dieron muerte a muchos soldados valientes de Judá, incluyendo al hijo del rey, y a altos funcionarios. Ellos también se llevaron un gran botín de Judá, y a muchos cautivos. Pero a la reprensión de un profeta, decidieron devolver a los cautivos, y no añadir así más pecados a su haber. Pero ni con esto reaccionó Acaz. No buscó al Señor. No se humilló ni se arrepintió. Es más, empezó a adorar a los dioses de Damasco: su razonamiento fue: si sus dioses le dieron la victoria, los voy a adorar para que también a mí me den la victoria. Luego le pagó al rey de Asiria para que lo viniera ayudar contra Edom, pero el rey de Asiria, en vez de ayudarlo, lo ignoró, y le causó más problemas. Su último acto de rebelión, fue cerrar las puertas del Templo del Señor, y quebrar los utensilios sagrados de la casa de Dios.
El rey Acaz no siguió el ejemplo de David, y de otros grandes reyes de Judá. Lo mejor que podemos hacer es refugiarnos en Dios. Si pecamos, debemos humillarnos y arrepentirnos. Dios prometió escuchar nuestras oraciones, si realmente le buscamos de todo corazón. Los problemas son oportunidades para buscar a Dios. No endurezcas tu corazón. Busca a Dios. Busca la vida. Busca su bendición. Pero por sobre todo, busca ser fiel a Dios. Que el Señor te bendiga.