Segunda parte
Desde hace más de una década, la Comunidad de Madrid ha convertido el bilingüismo en uno de los pilares de su política educativa. Sobre el papel, la idea es seductora: preparar a los alumnos para un mundo globalizado, mejorar su nivel de inglés y elevar la calidad de la enseñanza pública. Sin embargo, tras años de implantación, los resultados distan mucho de cumplir esas promesas. La evidencia acumulada sugiere que el bilingüismo obligatorio y mal diseñado no sólo no mejora la competencia en inglés, sino que perjudica el rendimiento académico general de los alumnos, aumenta la desigualdad y genera una brecha educativa difícil de salvar.
Según el informe elaborado por el Consejo Escolar de la Comunidad de Madrid en 2022, el alumnado de centros bilingües obtiene, de media, peores resultados en asignaturas como Ciencias Sociales o Biología que sus compañeros de centros no bilingües. Esto se explica fácilmente: impartir contenidos complejos en una lengua que no es la materna dificulta la comprensión profunda y el aprendizaje significativo. Es decir, el problema no es el inglés en sí, sino el cómo y cuándo se introduce.
Un estudio de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), dirigido por la investigadora Ana María Piquer-Píriz, muestra que más del 60% del profesorado en programas bilingües se siente incapaz de impartir su materia con la misma claridad que en español. Además, solo un 35% del alumnado alcanza un nivel B2 de inglés al finalizar la educación obligatoria, lo cual contradice el objetivo central del modelo.
Más preocupante aún es el impacto sobre la equidad. Según un informe del sindicato de enseñanza CC.OO. en 2021, el sistema bilingüe favorece a los alumnos con mayores recursos —que pueden reforzar fuera del aula con academias o clases particulares— y penaliza a los estudiantes con dificultades de aprendizaje, inmigrantes y de entornos desfavorecidos. En lugar de ser una herramienta de inclusión, el bilingüismo se ha convertido en un filtro de selección encubierto.
El propio Ministerio de Educación, en un análisis comparativo publicado en 2020, advertía que los programas bilingües, si no se acompañan de medidas pedagógicas sólidas y una formación docente específica, pueden generar más perjuicios que beneficios. Y eso es exactamente lo que ha sucedido en Madrid: se ha priorizado el inglés como fin, no como medio, olvidando que la lengua no puede ser una barrera para acceder al conocimiento.
Por supuesto, no se trata de rechazar la enseñanza de idiomas —hoy más necesaria que nunca—, sino de hacerlo con sentido pedagógico, equidad y realismo. El modelo actual de bilingüismo, basado en porcentajes rígidos de materias en inglés, sin atender al nivel real del alumnado ni del profesorado, se ha revelado como una política vistosa pero hueca.
Madrid necesita una reflexión seria sobre su política lingüística en educación. Apostar por una enseñanza de calidad no es maquillar estadísticas con programas de escaparate, sino garantizar que todos los estudiantes, sin importar su origen, puedan comprender, pensar y aprender en el idioma que mejor les permita hacerlo. Y en la mayoría de los casos, ese idioma sigue siendo el español.