En los últimos siete días, nuestros zapatos han aprendido a perderse por calles angostas y empedradas de una ciudad que respira lento, buscando esa canción que a veces se escapa por una ventana entreabierta o por la puerta de un local que alguien abrió para que pudiera entrar un poco de aire… y dejar escapar el humo.
Hemos permitido que nuestras huellas revelen dónde hemos estado. Hemos tomado caminos que nos llevaron a millones de kilómetros de distancia —la que separa un adiós de un hola— para, una vez más, estar aquí contigo, abriendo la caja en la que hemos guardado un puñado de bandas que quiero que conozcas.
Déjame ser el anfitrión de La Próxima Estación durante las próximas dos horas, para intentar unir con la música nuestros mundos, esos que solo fingen —entre cables y conexiones digitales— no tocarse.
Es un buen momento para romper la velocidad de la luz con una primera canción. Soltamos frenos.