Durante siglos, la idea de duplicar la vida fue terreno exclusivo de mitos y leyendas: dobles que aparecían en los espejos, gemelos inquietantes, seres creados por alquimia o magia. Pero hacia el final del siglo XX, esa fantasía empezó a cambiar de estantería. Dejó la literatura y el cine para instalarse, con bata y microscopio, en los laboratorios. Y de pronto, la pregunta ya no era su factibilidad, sino que si debía hacerse.