Los seres humanos siempre queremos dar un cierre a las situaciones que nos afectan. Pero con la muerte de Jesús Dios no estaba cerrando nada. Justo cuando todo parece acabar, Dios abre una puerta al correr la piedra del sepulcro para que el ángel pueda mostrar, fehacientemente, que Jesús no está entre los muertos. La resurrección de Jesús fue nada más y nada menos que el cumplimiento de una promesa que vino de sus propios labios.