Maurits Cornelis Escher nació en 1898 en Holanda, suspendía casi todo en el colegio y su padre quería que fuera arquitecto. Por suerte, un profesor lo convenció de dedicarse al grabado. Años después, una visita a la Alhambra de Granada lo cambió todo: los mosaicos nazaríes le abrieron un universo de teselaciones, geometría y figuras imposibles que nadie antes había explorado desde el arte. Sin estudiar matemáticas formalmente, sedujo a físicos como Roger Penrose y a filósofos como Hofstadter. Sus escaleras infinitas, sus manos que se dibujan a sí mismas y sus lagartos entrelazados llevan décadas apareciendo en portadas de discos, películas y diseños editoriales de todo el mundo. Escher no encajaba en ningún estilo. Y por eso encaja en todos.